Un poeta llamado Rubén Bonifaz Nuño | Homenaje

Mar 14 Nov 2017 - 18:00h
Artes y Letras
Donceles 104, Centro Histórico, Ciudad de México
Vicente Quirarte- miembro de El Colegio Nacional - Coordinador

 

Transmisión activa durante los horarios de la actividad

 

Transmisión alterna

 

 

Coordina: Vicente Quirarte (ECN)

Participan: Sandro Cohen (UAM-Azcapotzalco), Ernesto Lumbreras (Sistema Nacional de Creadores de Arte, FONCA), José Francisco Conde Ortega (UAM-Azcapotzalco), Bernardo Ruiz (Escuela de Escritores SOGEM), Marco Antonio Campos (Instituto de Investigaciones Filológicas-UNAM) y Jorge Esquinca (Sistema Nacional de Creadores de Arte, FONCA)  

En 1945, Rubén Bonifaz Nuño publica su primer libro de versos, La muerte del ángel. En 1994 aparecen sus Trovas del mar unido,  con lo que cumplió medio siglo en la escritura. Desde sus primeros combates verbales, Rubén supo que para enfrentar las Furias —esas que se concentraban en su carne pero eran también las de su semejante— era preciso ser armado caballero y forjar armas refulgentes que soportaran el paso de los años y no perdieran el filo tras cada nuevo combate. Su disciplina, su prodigiosa capacidad retentiva, su devoción por la belleza y precisión del lenguaje lo llevaron desde siempre a convertirse en el joven maestro dominador de todas las formas métricas y estróficas. De ahí que en sus versos nunca se noten los andamios y sí asistamos a una sinfonía donde las notas brillan con luz propia. Desde sus primeros libros de joven madurez, Bonifaz Nuño encontró su tono y, aunque pareciera negarlo la suntuosidad de su poesía, es el más clásico y el más mexicano de nuestros poetas. Poesía altiva y humilde, rijosa y elegante, culta pero no culterana. Cómo pudo consumar esta difícil y en él armónica relación entre lo clásico y lo popular —que lo popular es también, en cierto modo, lo clásico—, es un secreto que escapa al más atento de sus lectores y acaso al propio poeta. Pero en esa alquimia se halla el eslabón más vigoroso de su escritura. El aprendizaje que dan los años le enseñó también que la emoción no basta si no la vertemos en moldes donde el músculo verbal y la iluminación inédita ejercen plenamente sus potencias.