“Libertad por el Saber”

Palabras del maestro Antonio Caso

Ceremonia de inauguración

I
El gobierno de la república ha fundado El Colegio Nacional. Una institución naciente ha de justificar su existencia mediante razones peculiares y plausibles; porque sólo puede aceptarse una nueva comunidad de cultura si realiza con mayor perfección lo que otras ya existentes realizaban; o si, lo que va a emprender el nuevo organismo, no se ha conseguido ya con antelación.

II
Ocupa, precisamente, El Colegio Nacional, el sitio descrito en segundo término; porque ninguna de las escuelas habidas hasta hoy, en México, podría proceder a la consecución de los fines implícitos en el Decreto del H. señor Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, don Manuel Ávila Camacho, que ordenó establecer el nuevo centro de enseñanza.

III
En efecto, la sola institución que podría alcanzar los fines propios de El Colegio, sería indudablemente, la Universidad Nacional Autónoma; pero la finalidad peculiar de El Colegio Nacional, estriba en ahorrar a los concurrentes a los cursos, el conjunto indispensable de formalidades y circunstancias imprescindibles en la sucesión rigurosa de los cursos regulares académicos.
La naciente congregación mexicana, es apenas trasunto de lo que comenzó a emprenderse, en Francia, por la creación, en el Renacimiento de las letras, de una escuela nueva, adicta al espíritu del humanismo.

IV
La Sorbona consagrábase, tradicionalmente, al cultivo de la filosofía escolástica, al estudio del derecho y de las ciencias, que componen el curriculum de la cultura medieval.
El Rey Francisco I fundó una enseñanza de humanidades, con tres cátedras consagradas al hebreo, el griego y el latín. El espíritu del siglo, que volvía al conocimiento directo de las literaturas clásicas, determinó el nacimiento de la que, a partir de entonces, sería una de las escuelas más brillantes y nobles de Europa.
En el curso de los siglos, El Colegio ensanchó, admirablemente, la esfera de su doctrina, hasta convertirse en el asiento eficaz de la omnitud de la cultura humana.

V
Los nombres más prestigiosos, en la ciencia y las letras francesas, se cuentan entre los profesores del Colegio de Francia. Durante el siglo XIX, fueron maestros del Colegio, y sucesores de los lectores regii de Francisco I, hombres como Champollion, Renan, Sainte-Beuve y Gaston Boissier, en el ramo de las letras; y Lalande, Delambre, Cuvier, Balard y Berthelot, en las ciencias físicas, naturales y matemáticas; Claude Bernard, de quien se ha dicho que no fue solamente un fisiólogo, sino “la fisiología en persona”, enseñó esta asignatura en la gloriosa Institución de Francia. No hemos citado, sino unos cuantos nombres, al azar; pero puede decirse que la historia de la ciencia y de la cultura francesa, se resume en la lista de profesores del Colegio de Francia.

VI
Las cuatro facultades clásicas de la Sorbona (Teología, Derecho, Medicina y Artes), no podían abarcar ya, en la Edad Moderna, el complejo riquísimo de la cultura humana. En verdad, si se exceptúa la Medicina, como dice Durkheim, las ciencias puras se reducían, antes de la fundación del Colegio, en las aulas de la Sorbona, al trivium medieval. Al lado del hebreo, el griego y el latín, las ciencias matemáticas tuvieron su propio “lector”, en el establecimiento del nuevo Instituto, desde los días de su fundación.
El H. Secretario de Educación Pública don Octavio Véjar Vázquez, con su cultura y entusiasmo, ha emprendido la obra de organizar, en nuestra sociedad, una escuela que se inspire en los propósitos del inigualado e inigualable Colegio de Francia y, dentro de la modestia de nuestra actividad, pretende que las nuevas cátedras, fundadas durante su ilustrada administración, sirvan para “difundir y divulgar la cultura filosófica, literaria y científica de la República”.

VII
Un artículo —el primero— del Decreto que constituye El Colegio Nacional, exige la “estricta exclusión de todo interés ligado a la política militante, en las cátedras del Instituto”.
De este modo, se trata de disponer, con premeditación, el estudio sereno y profundo, que busca la verdad, la belleza y la virtud, fuera de todo interés, que pudiera enturbiar la clara conciencia del profesor y del estudiante, para acercarse ambos con fruto, a las aguas lustrales de la cultura humana.
Por fin, otro elocuente artículo —el tercero— dispone el lema de El Colegio: “Libertad por el Saber”.
El escudo de la Institución, “estará formado por un águila en actitud de arrancar el vuelo, símbolo de la libertad del pensamiento, sobre un sol de fuego, representación de la luz de la sabiduría”.

VIII
Nosotros, que siempre sostuvimos, como el ideal más caro de nuestro pensamiento, la libertad de la cátedra, aplaudimos con entusiasmo esta parte de la ley fundamental de la flamante Institución. Sobre el despotismo que, hoy amaga a la dignidad de los hombres, la persona humana habrá de ser esencialmente respetada y enaltecida, en la obra multánime de El Colegio Nacional. ¡Que así sea!

“El Universal”, México, D. F., 21 de mayo de 1943.