Discurso de ingreso

Leonardo López Luján

 

15 de mayo de 2019

 

PRETÉRITO PLUSCUAMPERFECTO

VISIONES MESOAMERICANAS DE LOS VESTIGIOS ARQUEOLÓGICOS

 

Tempus edax rerum (“Tiempo, devorador de todas las cosas”)

Ovidio, La metamorfosis

 

Nunca he comprendido por qué mi hermano no se convirtió en marino para consagrar su existencia a surcar océanos. ¿Cómo logró escapar a ese destino si, en la España de los estertores del franquismo, acudía él, domingo a domingo, a la muy sevillana Plaza de Santa Marta para comprar timbres de carabelas, goletas y buques de vapor? Yo lo acompañaba y, para emular a mi mayor, buscaba cuanta estampilla tuviera imágenes de pirámides, esfinges o sarcófagos, señal inequívoca de la dulce condena de mi porvenir, de una vocación que –alentada por mis padres— desembocaría en mi hoy y mi mañana. Al redactar estas líneas, paso las hojas de mi premonitorio álbum de filatelia y constato que mi perseverancia no dejó en aquellos días un solo espacio vacío. Noto también la presencia de la vieja serie de la Posta Aérea Vaticana dedicada a los obeliscos de Roma (fig. 1).

Y, como una cosa siempre lleva a otra, esa serie me trae a la memoria que, al poco de hacerme de ella, contemplaría yo con mis propios ojos las majestuosas agujas monolíticas que ocupan todas las plazas importantes de la llamada, desde tiempos de Tíbulo, Urbs aeterna. Viajamos allí desde Sevilla en el verano de 1974 y entonces fui testigo por primera vez de la fascinación que los emperadores romanos sintieron por el pasado egipcio, así como de su desmesurada voracidad por reunir entre las siete colinas esas figuraciones pétreas de los rayos solares. ¡Ningún otro lugar de este planeta concentra tantos obeliscos! Y aunque Mercati consignó 44 a fines del siglo XVI, en la Roma moderna subsisten trece, que no es una cifra menor. De ellos...

Ver discurso completo en PDF