Eduardo Matos, un rilkeano acompañante de Tlaltecuhtli

Crónica | 2 octubre 2017
Eduardo Matos, un rilkeano acompañante de Tlaltecuhtli

 

Crónica | 2 octubre 2017 | http://www.cronica.com.mx/notas/2017/1045914.html

El Colegio Nacional. Eduardo Matos Moctezuma es uno de los arqueólogos más importantes de México y relata cómo se decidió por esta disciplina, de su gusto por escribir poesía, crear esculturas y pinturas y, sobre todo, por Rilke, cuyo libro Cartas a un joven poeta es fundamental para su existencia.

El silencio es una de las características del renombrado arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma: ese silencio cuando trabaja en sus excavaciones buscando descubrir el pasado mexica en el Templo Mayor o al escribir sus libros y artículos científicos, el silencio cuando el pico se vuelve cincel para ser escultor o la brocha se transforma en pluma para escribir poesía, y el silencio que lo llevó a querer ser religioso o incluso el que inundó su hogar cuando dijo que deseaba ser arqueólogo.

También hay un silencio fundacional, ése que lo marcó y fue la lectura de Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. Esos versos recorrieron sus hendiduras y lo llevaron a sentir la belleza del arte, la ciencia y la academia. El silencio define a Eduardo de muchas maneras, pero también hay una frase que lo caracteriza: Matos es un rilkeano acompañante de Tlaltecuhtli.

Lo anterior es la esencia del hombre y su gran trabajo arqueológico que realiza desde los años sesentas del siglo pasado, que le ha dado muchos reconocimientos como el Premio Nacional de Ciencias y Artes, ser integrante de El Colegio Nacional, ser distinguido con la Cátedra Eduardo Matos Moctezuma por parte de la Universidad de Harvard, que inicia el 3 de octubre, y el Premio Crónica 2017, en el área de Cultura, además de ser un autor prolífico con más de 500 publicaciones.

El Maestro en Ciencias Antropológicas con especialidad en Arqueología por la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la Universidad Nacional Autónoma de México, cuenta su historia, no en silencio, sino con esa vivacidad que despliega en cada una de sus conferencias:

—Nací el 11 de diciembre de 1940 en la Ciudad de México, estoy por cumplir 77 años. Mi papá, Rafael Matos Díaz, fue diplomático dominicano y estaba como secretario de la embajada de República Dominicana. En ese tiempo conoció a mi mamá, Edith Moctezuma Barreda, de origen poblano, y se casaron. Así, nacieron, primero mi hermano Rafael, después yo, pero en ese tiempo a mi padre lo cambiaron de sede. Nos fuimos a Panamá, siendo un bebé, y allá nació mi hermana María Fernanda.

—Anduvimos fuera algún tiempo por las representaciones que él tenía, pero finalmente regresamos a México en 1952, tras recorrer algunos países latinoamericanos.

—¿Cómo decide ser arqueólogo?

—La primaria la fui cursando en diferentes países, por cierto que adoptaba el acento que se hablaba en esas naciones, y regresando a México quedé inscrito en el Instituto Patria para cursar la secundaria, luego la preparatoria en el colegio Cristóbal Colón. Ahí viene el asunto de saber qué estudiaría. Tenía dudas y entonces un amigo me prestó el libro Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram, y al leer el capítulo sobre Egipto, me fascinó. Entonces dije: tengo que ser arqueólogo.

—Eran mis 17 años de vida y fui con mis padres para comentarles: ya decidí lo que voy a estudiar y me preguntan: ¿qué vas estudiar hijo, químico, abogado, médico? Les digo: ¡no!, arqueología. Se hizo un silencio espantoso y mi madre me dio a entender que moriría de hambre al decirme: qué bien que ya definiste, pero no sería bueno que llevaras cursos en la Escuela Bancaria y Comercial. Tras esta plática fui con el amigo que me prestó el libro y le cuento que me dieron a entender que con esta carrera moriría de hambre. Él me dio la más sabia respuesta: a lo mejor sí te mueres de hambre, pero te vas a morir muy contento porque hiciste lo que quisiste. ¡Santo remedio! Me inscribí a la Escuela Nacional de Antropología e Historia y me gradúe en 1965.

Durante la licenciatura, Matos cuenta que salió mucho al campo a prácticas arqueológicas, con maestros como José Luis Lorenzo y Román Piña Chán, que fueron los pilares que lo formaron, pero también el arqueólogo Gordon Childe le abrió con sus textos, la visión del proceso del desarrollo de la historia, sobre las revoluciones neolítica e industrial y el surgimiento de las ciudades. Sus conceptos fueron fundamentales para su pensamiento dentro de la arqueología.

—Entre los estudios están la niñez, adolescencia e inicio de la etapa adulta, a qué jugaba el niño, qué deporte practicaba…

—Cuando estaba por terminar la primaria y a principios de la secundaria, el único deporte que practiqué con éxito, porque incursioné en otros y fui un fracaso, era el basquetbol. Ahí era delantero y quedamos subcampeones con el Instituto Patria.

—También, en ese tiempo, empecé a inquietarme con ideas religiosas y quise ser hermano de las escuelas cristianas, hasta que llego a los15 años y empiezo hacer un lado eso al leer libros como La metamorfosis, de Kafka, y El lobo estepario, de Herman Hesse. Después, en la escuela de antropología, tuve una novia que me regaló un libro que marco mi vida: Cartas a un joven poeta, de Rilke. Lo leí y dije: ¡ay caray! Esta forma de pensamiento me llena, coincido con todo lo que dice y me abrió un mundo enorme. Desde ese momento soy rilkeano 100 por ciento.

De ese sentir rilkeano recuerda que cuando le tocó darle la bienvenida a Juan Villoro a El Colegio Nacional, como nuevo miembro, escribió en su discurso que era profundamente villorista, pero también profundamente rilkeano. “Esto me marcó en una forma directa, sobre todo en mi alma, en la parte sensible y nace una especie de dualidad en mi ser: por un lado el hombre que escribía algunos pensamientos, no me atrevo llamarlos poesía, porque la respeto mucho, y me empezó a interesar mucho la pintura y otras lecturas; y por el otro lado el hombre académico, el científico que iba entrando el rigor de la disciplina y excava con ciertos requisitos y principios”. 

Entonces, añade, esa parte sensible empezó a quedar un poco escondida, no desapareció, además el pensamiento académico y científico echaba abajo lo que quedaba del religioso.

—El silencio es parte de lo religioso, de los poetas, los arqueólogos, ¿Matos tiene a un poeta y un pintor silencioso?

—Sí, definitivamente y es un aspecto que me llena mucho. Cuando fundo y trabajo en el Proyecto Templo Mayor, ahí volví a reencontrar la parte académica plena con un trabajo bajo mi dirección y un equipo formidable de arqueólogos, químicos y biólogos del INAH, con la parte sensible, porque pude hacer algunas esculturas. Fue un reencuentro conmigo mismo muy importante.

—Pude convivir con los dos aspectos: el de la disciplina y rigor académico, de escribir con las citas bien planteadas, lo cual es siempre un poco tormentoso, pero hay que hacerlo, y el otro: una libertad absoluta, o sea, el poder apreciar una puesta de Sol o ver cómo cae una hoja en una tarde de otoño. Estas cosas son muy importantes porque son mi vida.

—Eduardo Matos vive todas las revoluciones de los años sesentas del siglo pasado, la música, el baile…

—Dominé el chachachá, pero no el rock and roll ni el twist. Sin embargo, paradójicamente, uno de mis grandes amigos es César Costa. La música la oigo todo el día. En mi estudio pongo música clásica, por lo general, y me sirve de fondo cuando escribo o pienso. Llenan el ambiente los acordes, pero nunca penetré para aprender a tocar un instrumento, porque ahí sí es un lenguaje que nunca puse atención. En cambio al de la poesía, la escultura y la pintura, sí.

—Se gradúa de la ENAH en 1965, ¿cuál es su primer trabajo y cómo se desarrolla su carrera?

—De 1959, cuando ingreso a la escuela de antropología, a 1965 en que me gradúo, salí mucho al campo. Estuve en Tlatelolco, Bonampak, Teotihuacán, y especialmente en sitos del centro de México. Lo anterior me abrió el panorama a mi interés por el centro de México, arqueológicamente hablando, y antes de titularme tuve la suerte de entrar al INAH como practicante. La plaza se llamaba Practicante en Ciencias Histórico-Geográficas y pagaban 780 pesos al mes. Fue interesante porque empezaba a estar dentro de lo que era el quehacer del instituto. Fui a Comalcalco, en Tabasco, una zona maya con Román Piña Chán, quien era el director, y otros lugares. Finalmente me gradúo con el tema “La revolución urbana en la cuenca de México”, aplicando el concepto de Gordon Childe sobre el surgimiento de las ciudades y, a partir de ese momento, sigo participando en diferentes excavaciones. En Cholula, en el gran proyecto dirigido por arquitecto Miguel Messmacher, en el cual era jefe de excavaciones con un equipo interdisciplinario muy interesante.

—Para ese momento debo señalar que había dos figuras en la arqueología que llamaron desde un principio la atención: don Manuel Gamio, quien trabajó las primeras décadas del siglo XX e hizo el gran proyecto integral en Teotihuacán, y Gordon Childe. Busco seguir sus derroteros y el proyecto Cholula, en cierta forma, trataba de ser un trabajo con principios integrales como Gamio lo había hecho en Teotihuacán años atrás, pero enriquecido con nuevos elementos técnicos y teóricos.

—Finalmente aborta porque quienes tenían el control de la arqueología mexicana no permitieron que continuara. Como era un proyecto muy grande que contaba con medios, pero no era la arqueología ni antropología que ellos practicaban, se quedó en manos de arqueólogos tradicionales y nosotros nos retiramos. A partir de ahí inicia el Matos funcionario-arqueológico porque me invitan a ser subjefe de Monumentos Prehispánicos, el jefe sería don Ignacio Marquina. Estoy hablando a partir de los años 1967-1968 en el INAH y pasa algún tiempo y me nombran jefe de esa área en lugar de don Ignacio, de quien aprendí mucho.

—El trabajo que hicimos fue implementar seminarios y luego don Gastón García Cantú me nombra presidente del Consejo de Arqueología. Dejo Monumentos Prehispánicos y asumo el nuevo cargo, que es muy importante porque estaba formado por un cuerpo colegiado y es el órgano que autoriza los proyectos nacionales y extranjeros, es decir, los de la UNAM, la Universidad Veracruzana o de cualquier otra institución. Asumo el cargo y de inmediato trabajo en los principios que regían la investigación arqueológica para tener una base más amplia para aprobar o rechazar propuestas.

—Corría el año de 1977 y a los seis meses en el puesto me siento inconforme. Voy a ver a García Cantú y le digo: don Gastón, ya alcancé esto, fui director de Monumentos, en fin, quiero regresar a la investigación, aunque nunca la dejé y seguía escribiendo en las tardes, pero quería estar plenamente en el campo. Recuerdo que él me dijo: oiga Eduardo ¿qué es lo que desea hacer? y le contesto: me gustaría ir a Tepeapulco para hacer un recorrido de superficie con un par de alumnos, una cosa sencilla, y me comentó: le ofrezco algo mejor, el museógrafo Iker Larrauri tiene la idea de mejorar la esquina de las calles de Guatemala y Argentina.

—En ese lugar se veían algunos vestigios prehispánicos excavados por Manuel Gamio en 1914, y me preguntó García Cantú si me interesaba y le respondo: “¡Cómo no!, mientras tanto me agradaría continuar haciendo mi doctorado en la UNAM.

De esto dice Matos Moctezuma que pasa el tiempo y no se realiza el cambio, seguía en el Consejo de Arqueología. Pide una cita a don Gastón y le recuerda lo que le había planteado. García Cantú le responde que ya está su sucesor en el consejo: José Luis Lorenzo, sólo le pide esperar unas semanas.

En esa reunión, Matos Moctezuma le cuenta a don Gastón que hay un congreso de arqueología en Panamá y le pide autorización para asistir. La respuesta es positiva y viaja en febrero de 1978.

—El 21 de febrero de ese año se descubre la Coyolxauhqui.

—Cuando me subo al avión para regresar a México, terminado el congreso, estaban los periódicos mexicanos y en uno leo “Gran hallazgo de una escultura azteca cerca del Zócalo”. Bueno, los periodistas siempre exagerando. Ya sabes como son. Llego a México y en casa me dicen que me han buscado del INAH. Llegué un sábado y el lunes habría una reunión muy importante por el descubrimiento.

—Voy a la cita en la calle de Córdoba 45 y en la escalera, cuando iba subiendo, una secretaria me dice: dónde andaba profesor, lo estamos buscando, ya está la reunión. Entro y en la mesa donde había varios expertos, don Gastón se levanta y me dice: Eduardo dónde andaba, ¿ya fue a Argentina?

—Le respondo: ¡no! Estaba en Panamá.

—¡No!, a la calle de Argentina que han descubierto una escultura.

Don Gastón me buscaba, cuenta Matos Moctezuma, para que asumiera lo que iba a ser el Proyecto  Templo Mayor. “Entonces en la reunión discutimos que el GDF iba a poner tanto dinero y el INAH otro tanto. Mientras tanto, los compañeros de rescate arqueológico hacen la recuperación de la Coyolxauhqui y de cinco ofrendas. Al mando estaba Ángel García Cook y los trabajos duran del 21 de febrero, que se descubre la escultura por los trabajadores de la Compañía de luz y Fuerza, hasta el 20 de marzo, día en que entro con lo que hoy es el Proyecto Templo Mayor. De esto el próximo año se cumplen cuatro décadas ¡imagínate!

—Cómo formó los grupos de especialistas y el plan de trabajo.

—Llamo a mis colaboradores y divido el área en tres grandes secciones: al frente de la 1 y de la coordinación general estoy yo;  en la 2 designo a Eduardo Contreras, un arqueólogo experimentado; y en la 3 a Hortensia de Vega, además teníamos el apoyo de los laboratorios de prehistoria donde hay biólogos, químicos, geólogos…, porque necesitábamos un equipo multidisciplinario.—Empezamos el proyecto y es difícil imaginar todo lo que se vivió en 40 años y lo que falta, porque es uno de los pocos proyectos que tiene continuidad. Esto fue muy útil porque apoyó el desarrollo del trabajo. Desde el principio que planteo el programa con el Proyecto Templo Mayor, éste estaría dedicado a la excavación y conservación de este edificio. El Programa de Arqueología Urbana intervendría en otros edificios que formaban parte del recinto o plaza ceremonial de Tenochtitlan.

—De todo este trabajo, hay algo que me enorgullece mucho: las publicaciones. Siempre quise esto, aunque sólo fuera una nota. Vamos a cumplir 30 años de la apertura del museo de sitio y 40 del Proyecto Templo Mayor y tendremos una gran exposición con la que mostraremos cómo han estado trabajando las diversas áreas.

—Porque a veces la gente piensa que para un arqueólogo lo más importante es encontrar piezas bonitas. ¡No es así! Lo que trata de hallar son contextos y procesos de desarrollo. Dentro de esto, es tan importante una bellísima y enorme escultura como una punta pequeña, todo dependerá de la información que te proporcione. A lo mejor esa punta viene a revolucionar un dato que estaba pendiente por solucionar en arqueología y cobra mayor importancia que aquella otra pieza.

—En el Proyecto Templo Mayor encontramos una gran cantidad y variedad de materiales de todo tipo: faunístico, de flora, de escultura, de arquitectura…, con una amplia información con la cual hoy estamos cambiando el rostro del mexica, ya que conocemos muchos aspectos de este pueblo que no habían sido mencionados en trabajos anteriores.

—Volviendo a las publicaciones, con estos 40 años de trabajo habrá un catálogo de la exposición que irá acompañado por una bibliografía del proyecto en general: cuántos artículos y libros han escrito los especialistas de México y externos. Este trabajo compilatorio lo realiza Rodolfo Aguilar y lleva más de mil 200 fichas bibliográficas, desde una reseña de una página hasta libros científicos que han sido premiados.

—Después de todo este trabajo, deseo retirarme un poco. Tengo magníficos colaboradores como Leonardo López Luján, que está al frente del Proyecto Templo Mayor; Raúl Barrera, que dirige el PAU; en la dirección del museo está Patricia Ledesma, e investigadores de primer orden que se han ganado su presencia a pulso en el sitio y en la arqueología nacional e internacional. Me siento muy satisfecho, pero creo que es el momento de dejar el paso a las nuevas generaciones que hacen trabajo excelente. No repiten a Matos, sino que tienen su presencia.

¿Cómo ve el futuro de México hoy, usted que es el gran conocer del pasado del país?

Prefiero estudiar el pasado porque el futuro es incierto. Realmente es deplorable la situación que el país vive en todos los aspectos. México antes tenía una presencia y respeto internacional, había una serie de situaciones internas que más o menos se les trataba de dar solución, a veces erróneamente, a veces atinadamente, pero teníamos avances. Actualmente estamos viviendo una de las partes más negras de nuestra historia, es inconcebible la forma cómo, especialmente los políticos de cualquier color, tienen unos deseos de enriquecerse. Eso se da en todos los partidos. No digo que todos los políticos son corruptos, sería algo exagerado, pero sí vemos cosas insólitas y el panorama se ve muy flaco.

—Vemos cómo gente, sin la menor ideología ni principios, se cambia al partido que le pueda ofrecer mejor cargo, es una vergüenza. Y además en el país no hay justicia, la robadera está sin control y por lo general el castigo llega tarde o no llega. Francamente no veo la luz en el camino.

 

PREMIOS Y DISTINCIONES

-Premio Crónica 2017, en el área de Cultura.

-Integrante de la Academia Mexicana de la Historia, de El Colegio Nacional y del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

-Medalla Benito Juárez otorgada por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.

-Medalla Henry B. Nicholson por el Archivo Mesoamericano y el Museo Peabody de la Universidad de Harvard.

-Doctor of Sciences Honoris Causa por la Universidad de Colorado.

-Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía.

 

LIBROS RECOMENDADOS

-El Templo Mayor de los aztecas.

-Vida y muerte en el Templo Mayor.

-Muerte al filo de obsidiana: Los nahuas frente a la muerte, Fondo de Cultura Económica.

-Excavaciones en la catedral y el sagrario metropolitanos: programa de arqueología urbana, edición del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

-Estudios mexicas (5 volúmenes).

-El calendario azteca y otros monumentos solares, en colaboración con Felipe Solís.

-Los Aztecas, edición con Felipe Solís para Royal Academy of Arts
de Londres.

-Tenochtitlan.

-Escultura monumental mexica, en colaboración con Leonardo López Luján, Fondo de Cultura Económica.

-La muerte entre los mexicas.