El poeta del concreto, Teodoro González de León

Gatopardo | noviembre 2016
El poeta del concreto, Teodoro González de León


Gatopardo | noviembre 2016 | http://www.gatopardo.com/portafolio/estructura/teodoro-gonzalez-de-leon-poeta/

Marcado por las inquietudes de mediados del siglo XX (el auge industrial, la reconfiguración urbana tras las dos guerras mundiales y el predominio de la función sobre la estética), Teodoro González de León desarrolló un estilo particular que incidió en la modernización de la Ciudad de México, que sufría ya los estragos del crecimiento demográfico.

Una de las figuras más influyentes de la arquitectura mexicana moderna, aficionado a viajar por el mundo en busca de espacios que le inspiraran, supo plasmar sus inquietudes en las necesidades constructivas del país. Fue además pintor, grabador y escultor, una faceta poco conocida, pero con la que tuvo una relación directa con abstracciones geométricas y volúmenes que se proyectaron en sus construcciones.

Mientas estudió en la Escuela Nacional de Arquitectura de 1942 a 1947, fue alumno de exponentes del funcionalismo mexicano como José Villagrán y Mario Pani. Cuando en 1946, el gobierno de Miguel Alemán convocó a un concurso para el diseño de Ciudad Universitaria, González de León, junto con sus compañeros Armando Franco y Enrique Molinar, desarrolló un anteproyecto que presentaron a Pani, quien a su vez, lo mostró al jurado con escasas modificaciones y resultó ganador. A pesar de no haber obtenido el reconocimiento, su espíritu temprano quedó plasmado.

Un año después obtuvo una beca del gobierno francés para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París y al poco tiempo ingresó a la Escuela de Trabajos Públicos, donde aprendió a manejar el concreto, un material que se convertiría en su sello distintivo. Admirador de Le Corbusier —una de las figuras paradigmáticas del modernismo—, consiguió ingresar a su taller como dibujante y supervisor de obra de la Unidad Habitacional de Marsella.

A su regreso a México, trajo consigo los fundamentos del racionalismo funcionalista, que consideraba a la arquitectura como el arte de transformar a la sociedad. Una utopía que pronto se desmoronaría, pero que marcó la esencia de varias generaciones de arquitectos alrededor del mundo y que sentó las bases para la arquitectura contemporánea. Sobre aquella primera etapa, González de León mencionó en entrevista con Graciela Braniff para Canal Once: “Mis preocupaciones eran las mismas que las del movimiento moderno: una nueva plástica que estaba conectada con el cubismo y todo lo relacionado con la industria […] No eran objetos industriales, era la poesía del objeto industrial”.

La influencia corbusiana la aplicó con fuerza en los cincuenta en proyectos urbanos y residenciales, como la Casa Catán en Paseo de la Reforma y el Conjunto Habitacional José Clemente Orozco en Guadalajara. Fue hasta los sesenta cuando se interesó en los edificios conventuales del siglo XVI de la Ciudad de México por su arquitectura masiva y simple, así como por el uso de la luz y los patios, elementos que reinterpretó al fusionarlos con principios y materiales modernistas.

Poco a poco, el concreto se convirtió en el protagonista de sus obras por ser un material económico, maleable y resistente al tiempo. Experimentó con él y le imprimió un carácter regional al mezclarlo con piedras locales, como el tezontle en las oficinas centrales de Banamex. Pues creía que el color no sólo se encontraba en la pintura, sino en los materiales para una arquitectura con piel dura que resistiera el paso del tiempo.

Durante los setenta y ochenta, construyó en mancuerna con Abraham Zabludovsky algunos de los inmuebles icónicos de la Ciudad de México. Uno de ellos fue el Museo Tamayo con los retos que ello implicaba: las nuevas formas de recorrido del espectador, los espacios adecuados para albergar obras realizadas en soportes novedosos y el tipo de luz natural idónea para la conservación del arte. El resultado fue un espacio que, además de resolver las exigencias museísticas, logró integrarse al contexto natural del Bosque de Chapultepec mediante el uso de taludes destinados para la vegetación y jardines circundantes.

Otro de los grandes proyectos que hicieron en conjunto fue la remodelación del Auditorio Nacional a finales de 1989, para el cual diseñaron un vestíbulo donde el exterior urbano pudiera confluir con el interior del inmueble. Sobre este juego espacial, la arquitecta Fernanda Canales dijo en entrevista para Gatopardo: “La cara pública del edificio es lo mejor que tiene su obra, la interacción entre calle, personas y edificio. En la última entrevista que le hice a Teodoro, apenas hace un mes, hablaba de la importancia de lograr que un edificio ‘chupe’ la calle y la inserte dentro del espacio arquitectónico”.

Entre las obras de esta época se encuentran el Colegio de México (en colaboración también con Zabludovsky), la Universidad Pedagógica Nacional de México, las oficinas centrales del Infonavit y la casa matriz del Fondo de Cultura Económica.

A la par de que la ciudad iba cambiando, su arquitectura supo acoplarse a las exigencias de la ahora megalópolis, y aquellos ideales modernistas se fueron transformando en aspiraciones posmodernas. De esta manera, la última etapa de su carrera estuvo marcada por el contraste de las formas masivas con la ligereza, así como por el uso de nuevas tecnologías: el Museo Universitario Arte Contemporáneo, Reforma 222 y la Torre Arcos Bosques I y II en Santa Fe.

González de León supo propiciar un diálogo entre conceptos opuestos: lo privado y lo público; el adentro y el afuera; lo natural y lo fabricado; lo pesado y lo liviano, y lo internacional y lo local. Y logró generar un lenguaje basado en el entretejimiento de líneas y formas robustas que dotaron de personalidad propia a cada una de sus obras.

Tras su muerte ocurrida el pasado septiembre, a los 90 años, recordamos a este arquitecto que jamás buscó repetirse sino explotar las posibilidades plásticas de los materiales para generar una experiencia emocional de quien recorriera sus espacios. Su muerte representa el fin de una época de la arquitectura mexicana.