Juan Villoro: “Nuestra falta de literatura de viajes es un déficit intelectual”

El País | 16 abril 2016
Juan Villoro: “Nuestra falta de literatura de viajes es un déficit intelectual”
 
 

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) se está tomando una cerveza y unas chips con guacamole. Detrás tiene la India y China y enfrente altísimas montañas. Él mismo se encuentra en regiones yucatecas. No es que el mundo se haya hecho raro, es que la cita con el escritor es en la cafetería de la librería de viajes Altaïr, en Barcelona, y Villoro está enmarcado por las secciones de Oriente y Alpinismo mientras ojea su propio libro, Palmeras de la brisa rápida, un viaje a Yucatán. Recibe con gran cordialidad aunque, dado que ha pasado largamente la hora del almuerzo y aún no ha comido, marca con la mirada el territorio del aperitivo y parece capaz de transmutarse en El Santo, el Enmascarado de Plata —cuyo hijo, por cierto, aparece en el libro—, para defenderlo.

Su libro, el primero y el único que tiene plenamente adscrito al género de la literatura de viajes, es una delicia: un relato divertido, culto y entrañable —que hace pensar en un Bill Bryson hispanoamericano— de un itinerario sentimental y asombrado por ese Estado mexicano en la punta de la península del mismo nombre y que fue una de las zonas mayores de la civilización maya, amén de la tierra de la abuela de Villoro y el lugar en que nació su madre. El libro lo publicó en 1989 Alianza Editorial Mexicana y ahora lo recupera en una iniciativa que solo cabe aplaudir la propia Altaïr en su sello Heterodoxos.

“Me ofrecieron escribir un libro de viajes sobre Acapulco pero yo no quería hacer una obra de encargo y respondiendo a un impulso súbito me decidí a ir a Yucatán”, explica Villoro. “Es un Estado muy distinto del resto, 'la hermana república de Yucatán', le llamamos, un país dentro del país; la gente es separatista y reconoce la influencia de España, a diferencia del resto de México. Es una zona relacionada con el Caribe y el Golfo de México que tiene más que ver con Nueva Orleans y La Habana que con otras partes del país. Yo oía a mi abuela hablar de Yucatán, y desde niño me hice una idea con lo que ella explicaba. Quise saber cómo era el mundo real, el Yucatán verdadero y el libro tiene su origen en esa búsqueda y en el contraste entre las ilusiones y la realidad”.

En la más pura tradición de lo mejor del género, y a la vez jugando con ella, Villoro marca el itinerario por ese Yucatán de antes de que se inventara el sello turístico de la Riviera Maya con descripciones de lugares y personajes pintorescos, encuentros inesperados, retazos de historia (el esclavismo, la aristocracia del henequén, la guerra de castas), jugosas anécdotas, pequeñas aventuras y desdichas, grandes dosis de humor, porciones de melancolía y mucha literatura.

El autor, que viaja tras los pasos de ilustres predecesores como los exploradores y mayistas avant la lettre John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood, se transmuta con autoironía en un viajero patoso, inevitablemente simpático, sorprendido por el calor y confundido por el choque entre sus expectativas y lo que encuentra. Por ejemplo, los trovadictos o la huella de los antiguos mayas en sus ruinas sobrevoladas por los zopilotes. “Resulta que todo lo de ellos lo damos por sabido, cuando encontré que incluso en el lugar más excavado, Chichén Itza, el llamado 'pozo de los brujos', hay mucho aún que investigar y averiguar. El pasado maya”, afirma en una afortunada frase tomando otra patata, “tiene mucho futuro”.

En su trayecto, el viajero Villoro mezcla figuras legendarias, como los conquistadores (ese capitán Valdivia al que se lo comió, sazonado, un cacique yucateco, o el desmembrado chamán Jacinto Canek), con personajes cotidianos. “Yo no quería entrevistar a gente famosa sino a habitantes del lugar, como ese batería de rock, que difícilmente asociarías en primera instancia con Yucatán”. Deja frases hermosas (“¿Quién piensa en civilizaciones cuando tiene amigos?”) y enigmáticas (“Una calzonera para el baño de tanque”, puro español yucateco). Es un “viajero sentimental” que, al contrario que el explorador o el turista, “deja que sea la vida la que se ocupe de las sorpresas”. Y que puede anotar como botín de un paseo haber visto “un ligue y un romance fracasado, una belleza evanescente y algunas fachadas abrasadas por el sol”.

El libro conduce hacia un final a la vez cómico y lírico, con el autor confundido con su tío Poncho al localizar la antigua casa de la familia. “El libro era la búsqueda de un origen, la casa de mi madre, era un propósito lindo, y la realidad me regaló esa fantasmagoría. Me convirtió en protagonista de mi propia historia. La casa estaba a punto de ser derruida este año y argumentaron para no tirarla abajo que aparecía en un libro. Al final he preservado la realidad al querer preservar mi memoria”.

Del género de viajes dice que siempre le ha sorprendido la larga tradición anglosajona y que en cambio en la nuestra sea tan raro. “Tenemos algún especialista como Javier Reverte, pero en general hay pocos libros. Es un déficit intelectual”. ¿Y por qué no se cultiva más? “Tenemos una dificultad con la primera persona, que es consustancial al viaje. Eso está cambiando ahora con la autoficción. Pero nos cuesta, como escribir memorias y asumir con franqueza que tienes algo relevante que contar. Somos poco dados a no tener ese pudor. Preferimos ponernos la máscara de la novela para contar una historia”.