«Nadie saldrá de este cuarto hasta que tenga una idea» Recuerdo de Ludwik Margules | Juan Villoro

Revista de la Universidad de México | Mayo 2016
«Nadie saldrá de este cuarto hasta que tenga una idea» Recuerdo de Ludwik Margules | Juan Villoro


Revista de la Universidad de México | Mayo 2016 |  http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?pub

Nacido en Varsovia en 1933, Ludwik Margules llegó en su juventud a México. Entre nosotros se convirtió en un director de teatro original y audaz, que llevó a la escena lo mismo piezas de notables dramaturgos mexicanos como de figuras europeas aún poco difundidas entre nosotros. Juan Villoro traza una semblanza del impredecible creador de realidades dramáticas fallecido hace una década.

La proteica personalidad de Ludwik Margules exige un acoso múltiple. Encontré una sorprendente vía de acceso a su temperamento en un documental que hizo para el INAH. Resulta difícil asociar al director de origen polaco con las comunidades indígenas mexicanas; sin embargo, la película En clave de sol arroja una excepcional respuesta a las interrogantes que planteó en su vida. Margules fue a la Sierra Mixe, en Oaxaca, para filmar a los niños del pueblo de Tlahuitoltepec que aprenden a leer las notas musicales antes que las letras. En esa apartada serranía halló un mapa de la traducción. Si algo define su trayectoria es, precisamente, la necesidad de interpretar idiomas. Sus primeras tres lenguas fueron el polaco, el yiddish y el ruso, pero trabajó en una cuarta lengua: el español de México, que llegó a dominar con los caprichos que sólo puede tener un chilango eslavo.

La comunidad mixe migra con facilidad y se ha asentado en Oaxaca, la Ciudad de México, Tijuana y California. Este pueblo errabundo se adapta a los idiomas y encuentra en las partituras su primer alfabeto. No es casual que Margules se apasionara ante una etnia que viaja con su cultura a cuestas.

En sus imprescindibles conversaciones con Rodolfo Obregón, Ludwik Margules recordó la primera definición que escuchó acerca del país en el que pasaría la mayor parte de su vida. El cónsul mexicano en Marruecos le dijo que nuestra peculiar sociedad era un sistema autoritario “suavizado por la corrupción”. El joven Margules había conocido rigores más arduos. La persecución nazi lo obligó a abandonar Polonia rumbo a la Unión Soviética. Ahí pasó buena parte de su infancia y presenció montajes teatrales que no olvidaría.

Terminada la guerra volvió a Polonia y estudió periodismo, carrera difícil de ejercer en un país de partido único. El ambiente opresivo, cargado de antisemitismo, lo convenció de que la vida estaba en otra parte. Como en una irónica fábula de su admirado Sławomir Mrożek, Margules superó el horror con algo muy parecido. Se trasladó a México, otro país de partido único, tan católico como Polonia.

En su equipaje, la familia Margules llevaba más vodka que dinero. El padre nunca se adaptó a México y vivió en un doble exilio, enclaustrado en su casa. La madre sobrellevó los asombros de su nueva tierra con el temple brechtiano del coraje. Por su parte, Ludwik aceptó los desafíos del emigrado como un aprendizaje donde cada adversidad brindaba una lección.

Trabajó en una fábrica de ladrillos, que perfeccionó su respeto por el extenuante trabajo físico, y asistió a clases de teatro con los jesuitas de la Iberoamericana hasta que descubrió con sorpresa que en México, país ultracatólico, la principal sede del conocimiento era laica, disponía de una inmensa ciudad entre jardines y tenía como símbolo una fiera. Nada mejor para un enamorado de las enseñanzas turbulentas que estudiar en la casa de los Pumas.

Margules asumió la pedagogía como una virtud rabiosa. Como alumno y como maestro combinó la inteligencia con pasiones desbordadas. Lo más valioso que trajo de Europa Central fue su sentido del humor. Disfrutaba a fondo los cortocircuitos de la inteligencia, los arrebatos en que la emoción se apodera de la mente, la posibilidad de que un argumento racional derivara en disparate.

Recojo un episodio que Margules le contó a Rodolfo Obregón. En sus tiempos como alumno de Seki Sano, la escena más memorable no ocurrió en el salón de clases sino en un pasillo. Ludwik había pagado una cuota para estudiar dirección teatral, pero sólo había recibido clases de actuación, que eran más baratas; por lo tanto, se sentía estafado. En su rústico español, protestó ante el maestro por no recibir la enseñanza adecuada. El director de origen japonés tenía “un carácter de mil pulgas”. Ante el reclamo, reaccionó como el más furibundo samurái de Akira Kurosawa, tomó al alumno polaco de las solapas, lo empujó contra la pared y le preguntó: “Mírame la cara, ¿tengo cara de un director de baño turco?”. Fuera de sí, Seki Sano montó una miniatura de teatro del absurdo que adiestró sin remilgos a su alumno. Nada más convincente para Margules que la ira de un samurái que no quería ser tratado como director de baño turco.

El rostro de Margules se definía por una sonrisa irónica que parecía diseñada para sostener su pipa. Sus ojos pequeños e inquietos miraban con curiosidad hasta que algo llamaba su atención y su semblante se transfiguraba. Era el momento de la enjundia. Se concentraba en su objetivo como si dudara entre protegerlo o combatirlo, como si la creación y la impugnación fueran acciones idénticas. Para entonces, el humo de su pipa ya era el de una combustión interior.

A propósito de la independencia de Irlanda, Yeats escribió: “Una terrible belleza ha nacido”. El verso capta la estética de Margules, el apasionado modo de comprender que lo que nos repudia y nos lastima puede ser hermoso en el plano del arte.

Sin asumir la conducta predecible del provocador profesional, disfrutaba el desconcierto. En una ocasión nos encontramos a un conocido suyo. Con su gusto por las salidas de tono que desestabilizan la norma, Ludwik se sacó la pipa de los labios, hizo una pausa y dijo: “Yo maté a tu padre”. El otro aguardó asustado una explicación. Ludwik contó que en cierta época militó en “Pincel y Fibra”, equipo de futbol de pintores y críticos de arte. Su corpulencia y su determinación lo convirtieron en un defensa intratable. En una jugada, un escuálido delantero trató de rebasarlo y padeció los rigores del central polaco: un encontronazo lo mandó por los aires y lo obligó a abandonar el partido. Ese era el hombre que Margules había “matado”. El hijo oyó la historia y comentó que su padre no había padecido lesiones por esa caída. Además, había fallecido mucho después. “Pero lo dejé herido de muerte”, agregó Margules, rematando su historia de humor negro.

El niño que se exilió en la Unión Soviética y el joven que se exilió en México detestaba los fundamentalismos. Para protegerse de los dogmas, solía decir: “El fanático es una persona que trata de corregir su error cometiendo con más fuerza el mismo error”. Ajeno al pensamiento único, disfrutaba las ricas posibilidades que el mundo tiene de contradecirse a sí mismo. En las circunstancias más comunes encontraba maneras de vincular polos opuestos. La comida era para él una forma de la épica. En una ocasión lo vi dar cuenta de un bote entero de arenques. “Lo hice para ponerme a prueba”, explicó, como si no actuara impulsado por la gula sino por los requisitos de un ejercicio espiritual. “Ahora debo ver si puedo compensar la acidez”, dijo, y se sirvió un inmenso tazón de arroz con leche.