Ranulfo Romo Trujillo, el experto en la toma de decisiones

Agencia Informativa Conacyt | 24 agosto 2016
Ranulfo Romo Trujillo, el experto en la toma de decisiones


Agencia Informativa Conacyt | 24 agosto 2016 | http://conacytprensa.mx/index.php/sociedad/

Ciudad de México. 24 de agosto de 2016 (Agencia Informativa Conacyt).-
El doctor Ranulfo Romo Trujillo es investigador de tiempo completo del Instituto de Fisiología Celular de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); cuenta con un sinnúmero de galardones, es reconocido en nuestro país y a nivel internacional, pero quizá lo más destacado de este hombre de ciencia es su sencillez.

Es un hombre que habla con las manos, sus ojos y su sonrisa; apasionado por lo que hace y con una modestia extraordinaria que lo ha llevado a estar nada menos que 27 años trabajando en ese instituto, es miembro nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) y desde el año 2011 forma parte de las filas de El Colegio Nacional.

Originario de Ures, Sonora, lugar que describe como lleno de historia y con una ubicación espacial que suena privilegiada en sus palabras: “Se encuentra en las faldas de la Sierra Madre Occidental (yendo desde Hermosillo), curiosamente, es un lugar con mucha agua, lo que lo vuelve un valle muy fértil. El contacto con carreteras pavimentadas es reciente, 60 años, aproximadamente. Era una zona ganadera, agricultora, minera y comercial”.

Fue en este marco que el niño Romo se mantuvo en contacto constante con la naturaleza, animales, plantas, agua, clima, y puntualiza: “No crea que estaba tan mal”. Ahí estudió la primaria, en el mismo lugar que sus abuelos y sus padres, hasta el cuarto grado. Más tarde volvería, para concluir sus estudios de secundaria.

Ya en la preparatoria, se traslada a Hermosillo en medio de lo que él denomina “una profesión más o menos definida” y es así como ingresa a la Universidad de Sonora, centro de concentración de los estudiantes de Sonora, Sinaloa, Durango, Chihuahua y Baja California, debido a esta peculiaridad, tuvo que presentar examen de admisión, pues se seleccionaba solo a los mejores, un reto al cual ya estaba acostumbrado, para la secundaria se enfrentó al mismo trámite.

El también Premio Nacional de Ciencias y Artes del gobierno mexicano (2000) recuerda que para ese momento le interesaba la biología; sin embargo, no sabía con exactitud qué, pero ya en la preparatoria descubrió que su vocación no estaba en esta área, ya que “eran demasiadas plantas, demasiados animales. Parecía que me interesaba el hombre y entonces me decidí por la medicina”.

 

De Sonora a la Ciudad de México

En esos momentos la carrera de medicina no se impartía en su estado, así que tuvo que trasladarse a la Ciudad de México, “era otro mundo… raro”, resume el Miembro Extranjero de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos y de la Academia Americana de Artes y Ciencias. De la misma forma catalogó a Hermosillo, pese a ser un lugar pequeño en ese entonces, pero él provenía de un municipio cuya población oscilaba entre tres mil o cinco mil habitantes, en donde todo mundo se conocía.

No obstante, gracias a su capacidad adaptativa pudo vivir en la Ciudad de México, exactamente en la colonia Roma y, aunque creía que caminar más allá de tres cuadras haría que se perdiera, califica esta etapa como “muy bonita”, pues caminó muy de la mano de su ahora esposa y compañera de vida con quien lleva ya 41 años.

Como él mismo señala, estudió medicina pero ya desde entonces “traía la cosquillita de la investigación” y desde su primera semana de estudios, se metió a un laboratorio y le gustó, de ahí que sea su actividad favorita hasta el día de hoy. Aunque su formación la llevó a cabo en el país, llegó el momento en su vida en el que decidió irse al extranjero, acompañado de su esposa e hijo de tres años, al lugar que (para el momento) consideraba como “el más atractivo de la época”: París.

“A mí me interesaba conocer cómo investigadores de otros países que supuestamente eran exitosos, abordaban los problemas científicos, ¿qué metodología? Fue una plataforma muy buena para mí conocer París, estar expuesto a jóvenes franceses y de otras nacionalidades, eso me quitó la idea de que los mexicanos éramos diferentes a las personas de otras nacionalidades”, rememora el también ganador de la beca Guggenheim (1991).

Sus primeras investigaciones

El doctor Romo reconoce que, en donde “realmente se sintió a sus anchas fue en Suiza”, acogido por la Universidad de Friburgo, en su Instituto de Investigación. Aislado del mundo, pero trabajando codo a codo con un colega alemán (Wolfram Schultz, ahora en la Universidad de Cambridge), se concentraron en la elaboración de experimentos para intentar comprender qué células del cerebro hacen que se puedan tener movimientos voluntarios, pregunta que califica de “osada”, porque en esos momentos ya existían especialistas que abordaban esos problemas y no habían encontrado nada.

Pese a las carencias propias de la época (no había Internet, fax, ni la facilidad actual de contar con computadoras para todos), se plantearon lo que sería su tema de análisis: “Unas células del cerebro que, cuando se mueren, nos generan el parkinsonismo. Nosotros pensábamos, de una manera muy inocente, que en condiciones normales estas células tenían que ser las responsables del movimiento, no encontramos nada del movimiento pero encontramos una cosa muy bonita: las células respondían con una recompensa, las células estaban muy felices”, narra el doctor al mismo tiempo que esboza una sonrisa.

No obstante lo anterior, su descubrimiento “realmente extraordinario” fue el circuito de neuronas que tienen que ver con la recompensa, tanto en animales como en los seres humanos. “Encontramos un sistema de neuronas que da valor a nuestra vida, a nuestras acciones, a nuestros pensamientos y obviamente es un sistema muy primario”, señala el doctor Romo.

Luego de estos descubrimientos, el especialista decide irse a Estados Unidos porque sus intereses se transformaron, deseaba estudiar de una manera más precisa cómo el cerebro percibe el mundo que nos rodea y cómo procesa la información, cuáles son los circuitos cerebrales que nos permiten ver, oír, sentir con las manos, estar conscientes de que percibimos algo, cómo será una memoria.

“Sin buscármelo, todo esto me llevó a la toma de decisiones: el organismo tiene que utilizar toda esta información, lo guardado en su cerebro para tomar una decisión. De ahí que desde hace 30 años me dedique a estudiar cómo el cerebro procesa la información, cómo la guarda y cómo la usa para generar movimientos voluntarios”.

 

Los mentores

Recuerda que en nuestro país, “creía en mis maestros (en algunos), en otros con el tiempo me di cuenta… ¡qué barbaridad!”, pero recuerda con cariño y añoranza que algunos tuvieron “la paciencia” de otorgarle la oportunidad de estudiar con ellos, como el ya fallecido, doctor Marco Velasco, con quien trabajó tres años.

Mientras que en Francia contó con el aporte de un profesor del Colegio de Francia (Jacques Glowinski), a quien califica de “extraordinario”, cuyos consejos, cercanía y la posibilidad de permitir discutir con su alumno “me dieron la certeza de que iba por buen camino”.

Algunos más en Suiza, con quienes platicó mucho, trabajó codo a codo. Como el propio doctor Romo describe, “nos beneficiamos mucho, nuestra cultura, formación e incluso nuestra ignorancia nos ayudó”, lo que derivó en amistades que prevalecen 30 años después.

Pero la que califica de “definitiva” en su formación, fue la que sostuvo con un profesor en la Universidad Johns Hopkins (Vernon Mountcastle), y que acaba de fallecer el año pasado, la figura más importante de la neurofisiología en aquel país y a quien siempre le gustó hacer experimentos, los cuales no siempre salían, pero en palabras del propio doctor Romo, a él eso no le importaba.

Lo interesante estaba en aprender cómo el profesor planteaba los problemas, cómo los abordaba y cómo miraba los resultados, toda vez que los observaba de una forma muy diferente al resto de las personas. “Creo que fui el alumno que más aprendió porque fui el que más cercanía tuvo con él… mi ganancia estaba en esa certeza de trabajar con una persona que había abierto líneas de investigación y descubierto grandes cosas”.

A su regreso a México, con 35 años de edad, llegó con la certeza de que podría hacer muchas cosas, pese a que en materia de fisiología celular no existía nada. “Pensé que tenía que estar en México, que este era mi sitio para trabajar y quería que mi hijo estuviera expuesto a nuestra cultura”, relata el también galardonado con el Premio Demuth en Neurociencias otorgado por la Fundación de Investigación Médica de Suiza.

Desde entonces, el doctor Romo echó raíces en nuestro país, se ha ganado el respeto de sus colegas, quizá hasta la envidia de otros, pero lo cierto es que se trata de un investigador que rompe paradigmas no solo en materia de neurofisiología, sino en el trato con los otros, la forma en que ve la vida y como él mismo reconoce: "Mi recompensa es el trabajo de todos los días. Yo gozo mucho la inmediatez, esta es mi vida al día de hoy".